domingo, 16 de noviembre de 2008

Bolonia, demanda social y humanidades

"La historia de la universidad española desde el trivium y el quadrivium hasta la Declaración de Bolonia es la historia de una decadencia. Cada reforma de la universidad ha empeorado la anterior con una tenacidad digna de admiración"(1) Empezando así, se queja el autor de que "con el proceso de Bolonia el contenido del saber lo deciden las leyes del mercado". También Jose Luis Pardo publicaba en la cuarta página de El País del lunes (10 nov.) su versión del asunto: "Es una reconversión cultural para reducir el tamaño de los centros en función del mercado", "El profesorado pasa a subsector de producción de conocimientos para la industria y la banca". Tengo dos contracríticas a estos comentarios, una light y otra con toda la grasa.

Aunque sea la Universidad, y tenga Autonomía y Libertad de Cátedra reconocidas en la Constitución, es un servicio público. Y por definición los servicios públicos han de estar al servicio de la sociedad. Los estudiantes quieren carreras cortas, y prefieren estudios con salida profesional; no es tan absurdo ¿no? Por otro lado, el mercado laboral requiere profesionales cualificados; tampoco es absurdo. Los clientes del servicio público universitario (investigación aparte) son los estudiantes y los empleadores ¿o es que hay otros?. Esto hechos palmarios se pueden enunciar con palabras (y dibujos) tendenciosas para darle un matiz político retrógrado, pero hacer que un servicio público cumpla su función es intachable. Es más, si no se hace los clientes buscarán satisfacción en otro sitio. Y no hay más que ver los ascensos relativos de las universidades privadas y de los ciclos formativos para comprobar que la siciedad no va a dedicarse a lo que no le interesa por más que desde una torre de marfil se le diga que debería.

Profundizando, las críticas vienen de un filósofo y un filólogo, ambos reputados, prolíficos y con entrada en la Wikipedia. Ambos temerosos de la pérdida de peso social de sus respectivas disciplinas. Desde un propiocentrismo disciplinar apabullante, se pretende contraponer la ciencia con las humanidades, y menospreciar el valor humano de la primera. Creo que esta postura no es más que una pose para defender la obligación de estudiar cosas que no interesan, puro gremialismo corporativo.

Caulquier disciplina del saber humano es humanismo y es valiosa, pero no todas se desarrollan de la misma forma. Desde campos aparentemente tan lejanos como la auditoría se incorporan leyes matemáticas, o buscando estrategias de comunicación se entra en la física cuántica. Las aproximaciones al conocimiento que no se fijan en fronteas nominalistas resultan enórmemente fructíferas e interesantes. El proteccionismo que supone imponer el estudio por obligación de disciplinas arbitrarias y discursivas (como la religión en la escuela) no es progresista. Por supuesto la buena filología y la buena filosofía no entran es esa categoría.

(1) Antonio Orejudo, Publico 15 nov 2008 (no lo encuentro en la web del periódico)
La figura, de Enric Jardí, procede de aquí.
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