jueves, 10 de junio de 2010

Política, gestión y profesionalidad.

Me deja impresionado el hecho de que el 94% de las leyes se aprueban sin leerse, cosa que encuentro en el blog de Albert Esplugas. El dato es de Estados Unidos, lo utilizan los promotores de la iniciativa "leer las leyes".

Hace unos años un familiar se "animó al emprendedurismo", que es la forma más hortera de decir que puso un bar, y nos contaba las decenas de normativas aplicables, dependientes además de distintas administraciones: municipal, autonómica y estatal. A pesar de ello, o quizá precisamente por eso, hay multitud de establecimientos que incumplen las cuestiones más evidentes y permanecen abiertos.

Los abogados hablan de "el legislador" antropomorfizando esa masa de administraciones diferentes que a lo largo de la historia van acumulando normas de uno y otro nivel, escritas por multitud de plumas y aprobadas por multitud de electos. Si pudiéramos mandar al psiquiatra a ese "legislador" no acabaría en un manicomio porque (afortunadamente) ya no existen tales instituciones.

Y todas estas cuestiones son especialmente importantes en estos días de tribulación colectiva en los que el gobierno decreta recortes para los ciudadanos. Es un lugar común revolverse contra los ejecutantes, contra la "clase política". Cuanto ganan, si asisten a los plenos, si se leen las leyes!! Sin ir más lejos en el programa Carne Cruda de RNE comenzaban hoy con un plan de ajuste alternativo que se basaba en eliminar a los políticos, los partidos, las campañas electorales... Pero como decía Mafalda, "el asunto no es romper estructuras, sino saber qué hacer con los pedazos". Ni los políticos son una "clase" ni existen alternativas sensatas para dirigir sociedades tan complejas como las que tenemos liadas sin dirigentes especializados a tiempo completo. ¿Dirigentes o directivos? ¿Políticos o gestores?

Los profesores de Universidad, para poder serlo han de obtener en primer lugar el grado de Doctor, y en segundo lugar acreditar sus méritos a lo largo de unos años. Con eso se obtiene la "acreditación" para ser profesor, algo así como el carné de conducir. De entre los que tienen la acreditación, cuando hay una vacante se convoca un concurso para incorporar al más adecuado. ((Se que la realidad es un poco menos idílica, pero ahora me interesa más la filosofía del sistema que sus miserias seculares)).

Quizá fuera una buena idea plantear algún tipo de "acreditación" para determinados cargos públicos, algún mecanismo que conjugue la rendición de cuentas al público, la elección, con un nivel de profesionalidad más alto.

La viñeta de Quino, clásica, la he tomado de aquí. Parece increíble que no esté hecha para aquí y ahora (y da que pensar...)
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